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Tres años de soledad, tres años en las mejores compañías,
tres años de admiraciones, tres años de envidias.
Unos llegaron para quedarse aquí, a mí lado.
Otros tantos que vinieron para irse y no volver jamás.
Otros venían de paso, y decidieron quedarse un rato más.
A todos los que habéis hecho posible que esto se mantenga,
por tercer año consecutivo
y en la siempre exquisita compañía de Cortázar, con quien empezó todo.
GRACIAS.
Quimera

Hasta mañana
Voy a cerrar los ojos en voz baja voy a meterme a tientas en el sueño. En este instante el odio no trabaja para la muerte que es su pobre dueño la voluntad suspende su latido y yo me siento lejos, tan pequeño
que a Dios invoco, pero no le pido nada, con tal de compartir apenas este universo que hemos conseguido
por las malas y a veces por las buenas. ¿Por qué el mundo soñado no es el mismo que este mundo de muerte a manos llenas?
Mi pesadilla es siempre el optimismo: me duermo débil, sueño que soy fuerte, pero el futuro aguarda. Es un abismo.
No me lo digan cuando me despierte.
Mario Benedetti
14 de septiembre de 1920- 17 de mayo de 2009
Por tantas veces leído, sentido, regalado y vivido...
... desde Corazón coraza, hasta un Te quiero...
tan sólo un "hasta luego" para uno de los mayores genios de la poesía actual.
Junto a su firma, por supuesto, el amor:
(…) sé que voy a quererte sin preguntas sé que vas a quererme sin respuestas.
Bienvenida, fragmento.

(...)- Realmente no lo entiendes, ¿verdad? –repuso-. No quiero tener todo lo que deseo. Nadie lo quiere, no de verdad. ¿Dónde estaría la gracia si tuviese todo lo que quiero? Es eso y nada más, ¿y después qué? (...)
... intentó dibujar la niebla. Pero tras diez minutos de esfuerzos sólo tenía la hoja en blanco con la palabra
A
N L
I B
E
Coraline
Neil Gaiman
Preciso tiempo necesito ese tiempo que otros dejan abandonado porque les sobra o ya no saben que hacer con él tiempo en blanco en rojo en verde hasta en castaño oscuro no me importa el color cándido tiempo que yo no puedo abrir y cerrar como una puerta
tiempo para mirar un árbol un farol para andar por el filo del descanso para pensar qué bien hoy es invierno para morir un poco y nacer enseguida y para darme cuenta y para darme cuerda preciso tiempo el necesario para chapotear unas horas en la vida y para investigar por qué estoy triste y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo
tiempo para esconderme en el canto de un gallo y para reaparecer en un relincho y para estar al día para estar a la noche tiempo sin recato y sin reloj
vale decir preciso o sea necesito digamos me hace falta tiempo sin tiempo.
Mario Benedetti
Tiempo pétreo, by Quimera
No pretendo recuperar mi tiempo que dejó de ser mío, pues es una quimera,
sino tener más picardía en cómo emplear el que me queda.
Y dejar de creer que la vida es un cuento en el que todo puede ocurrir... incluso lo bueno.
A TODOS, a vosotros, los silenciosos seres de la noche que tomaron mi mano en las tinieblas, a vosotros, lámparas de la luz inmortal, líneas de estrella, pan de las vidas, hermanos secretos, a todos, a vosotros, digo: no hay gracias, nada podrá llenar las copas de la pureza, nada puede contener todo el sol en las banderas de la primavera invencible, como vuestras calladas dignidades. Solamente pienso que he sido tal vez digno de tanta sencillez, de flor tan pura, que tal vez soy vosotros, eso mismo, esa miga de tierra, harina y canto, ese amasijo natural que sabe de dónde sale y dónde pertenece. No soy una campana de tan lejos, ni un cristal enterrado tan profundo que tú no puedas descifrar, soy sólo pueblo, puerta escondida, pan oscuro, y cuando me recibes, te recibes a ti mismo, a ese huésped tantas veces golpeado y tantas veces renacido. A todo, a todos, a cuantos no conozco, a cuantos nunca oyeron este nombre, a los que viven a lo largo de nuestros largos ríos, al pie de los volcanes, a la sombra sulfúrica del cobre, a pescadores y labriegos, a indios azules en la orilla de lagos centelleantes como vidrios, al zapatero que a esta hora interroga clavando el cuero con antiguas manos, a ti, al que sin saberlo me ha esperado, yo pertenezco y reconozco y canto.
Pablo NERUDA
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Sí, para todos vosotros.
Porque nunca es tarde para agradeceros que forméis parte de mi vida.
Hoy tenía ganas de decíroslo.
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Un cronopio va a abrir la puerta de calle, y al meter la mano en el bolsillo para sacar la llave lo que saca es una caja de fósforos, entonces este cronopio se aflige mucho y empieza a pensar que si en vez de la llave encuentra los fósforos, sería horrible que el mundo se hubiera desplazado de golpe, y a lo mejor si los fósforos están donde la llave, puede suceder que encuentre la billetera llena de fósforos, y la azucarera llena de dinero, y el piano lleno de azúcar, y la guía del teléfono llena de música, y el ropero lleno de abonados, y la cama llena de trajes, y los floreros llenos de sábanas, y los tranvías llenos de rosas, y los campos llenos de tranvías. Así es que este cronopio se aflige horriblemente y corre a mirarse al espejo, pero como el espejo esta algo ladeado lo que ve es el paragüero del zaguán, y sus presunciones se confirman y estalla en sollozos, cae de rodillas y junta sus manecitas, no sabe para qué. (…)
La foto salió movida (fragmento)
Julio Cortázar
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Todo empezó hace dos años con Cortázar.
Espero que pasen muchos más con su insustituible compañía y,
por su puesto, con la vuestra.
Tantos momentos, tantas historias escritas y no publicadas,
tantos desahogos y otros tantos días de paso...
Gracias por estar ahí todo este tiempo.
Quimera
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El amor no era un oscuro instinto animal,
como en un principio lo había yo sentido;
ni era tampoco una piadosa adoración espiritual (...).
Era ambas cosas,
ambas y muchas más:
era ángel y demonio,
hombre y mujer en uno,
hombre y animal,
sumo bien y profundo mal.
Lo deseaba y lo temía;
pero estaba siempre presente,
siempre por encima de mí.
Quería tan sólo intentar vivir aquello que tendía a brotar espontáneamente de mí.
¿Por qué había de serme tan difícil?
Demian
Hermann Hesse
- El rubor de tus mejillas es adorable- murmuró.
Liberó con suavidad la otra mano. Mis manos cayeron flácidas sobre mi vientre. Me acarició la mejilla con suavidad para luego sostener mi rostro entre sus manos de mármol.
- Quédate muy quieta- susurró. ¡Cómo si no estuviera ya petrificada!
Lentamente, sin apartar sus ojos de los míos, se inclinó hacia mí. Luego, de forma sorprendente pero suave, apoyó su mejilla contra la base de mi garganta. Apenas era capaz de moverme, incluso aunque hubiera querido. Oí el sonido de su acompasada respiración mientras contemplaba cómo el sol y la brisa jugaban con su pelo de color bronce, la parte más humana de Edward.
Me estremecí cuando sus manos se deslizaron cuello abajo con deliberada lentitud. Le oí contener el aliento, pero las manos no se detuvieron y suavemente siguieron su descenso hasta llegar a mis hombros, y entonces se pararon.
Dejó resbalar el rostro por un lado de mi cuello, con la nariz rozando mi clavícula. A continuación, reclinó la cara y apretó la cabeza tiernamente contra mi pecho…
… escuchando los latidos de mi corazón.
- Ah.
Suspiró.
No sé cuánto tiempo estuvimos sentados sin movernos. Pudieron ser horas. Al final, mi pulso se sosegó, pero Edward no se movió ni me dirigió la palabra mientras me sostuvo. Sabía que en cualquier momento él podría no contenerse y mi vida terminaría tan deprisa que ni siquiera me daría cuenta, aunque eso no me asustó. No podía pensar en nada, excepto en que él me tocaba.
Luego, demasiado pronto, me liberó.
Sus ojos estaban llenos de paz cuando dijo con satisfacción:
- No volverá a ser tan arduo.
- ¿Te ha resultado difícil?
- No ha sido tan difícil como había supuesto. ¿Y a ti?
- No, para mí no lo ha sido en absoluto.
Sonrió ante mi entonación.
- Sabes a qué me refiero.
Le sonreí.
- Toca- tomó mi mano y la situó sobre su mejilla- ¿Notas qué caliente está?
Su piel habitualmente gélida estaba casi caliente, pero apenas lo noté, ya que estaba tocando su rostro, algo con lo que llevaba soñando desde el primer día que le vi.
Crepúsculo, fragmento
Stephenie Meyer
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Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj
Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
Instrucciones para dar cuerda al reloj
Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. ¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.
Manual de instrucciones
Julio Cortázar
Qué mejor manera de empezar el año que leyendo las palabras de Cortázar…
-Por cierto, se fue por... allí. -¿Quién se fue por allí? -El conejo blanco. -¿¡De veras!? -¿De veras qué? -Que se fue por allí. -¿Quién se fue por allí? -¡¡El conejo blanco!! -¿¿Qué conejo blanco??
Lewis Carroll
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No hay nada más loco que el límite de la incoherencia.
Para mi querida hermana, que sabe hacer del sueño de Alicia su propia fantasía.
¡¡Gracias por dármela a conocer, Pete!!
QUIMERA
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Úntame de amor y otras fragancias de tu jardín secreto. Riégame de especias que dejen mi vida impregnada de tu olor. Sácame de quicio. Llévame a pasear atado de una correa que apriete demasiado. Hazme sufrir. Aviva las ascuas. Pónme a secar como un trapo mojado. No desates las cuerdas hasta que ya sea tarde, demasiado tarde. Sírveme un vaso de agua ardiente y bendita que me queme por dentro, que no sea ni tuya ni mía, que sea de todos. Líbrame del estigma. Llámame tonto. Sacrifica tu aureola. Perdóname. Olvida todo lo que haya podido decir hasta ahora. No me arrastres. No me asustes. Vete lejos. Pero no sueltes mi mano. Empecemos de nuevo. Sangra mi labio con sanguijuelas de colores. Fuma un cigarro por mí. Traga el humo. Arréglalo y que no vuelva a estropearse. No lo toques. Échalo fuera. Crúzate conmigo en una autopista a cien por hora. Sueña retorcido. Sueña feliz, que yo me encargaré de tus enemigos. Dame la llave de tus oídos. Toca mis ojos abiertos. Nota la textura del calor. Hasta reventar. Sé yo mismo y no te arrepentirás. ¿Por cuánto te vendes? Regálame a tus ídolos. Yo te enviaré a los míos. Píllate los dedos. Los lameré hasta que no sepan a miel, hasta que dejen de ser miel. Sal, niégalo todo y después vuelve. Te invito a un café. Caliente, claro. Y sin azúcar. Sin aliento.
Báilame el agua. Daniel Valdés
A veces, sólo a veces, en esta vida no todo son lágrimas...y otras veces llegan días de estar completamente embobada.
Muy propio para nuestra conversación de hoy.
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Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre el mar.
Nunca perseguí la gloria, ni dejar en la memoria de los hombres mi canción; yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón.
Me gusta verlos pintarse de sol y grana, volar bajo el cielo azul, temblar súbitamente y quebrarse...
Nunca perseguí la gloria.
Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar.
Al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.
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Caminante no hay camino sino estelas en la mar...
Hace algún tiempo en ese lugar donde hoy los bosques se visten de espinos se oyó la voz de un poeta gritar "Caminante no hay camino, se hace camino al andar..."
Golpe a golpe, verso a verso...
Murió el poeta lejos del hogar. Le cubre el polvo de un país vecino. Al alejarse le vieron llorar. "Caminante no hay camino, se hace camino al andar..."
Golpe a golpe, verso a verso...
Cuando el jilguero no puede cantar. Cuando el poeta es un peregrino, cuando de nada nos sirve rezar. "Caminante no hay camino, se hace camino al andar..."
Golpe a golpe, verso a verso.
Antonio Machado |
El sirviente
"Un hombre rico mandó a su criado al mercado en busca de alimentos. Pero al poco de llegar allí, se cruzó con la muerte, que lo miró fijamente a los ojos.
El criado palideció del susto y salió corriendo dejando tras de sí las compras y la mula. Jadeando, llegó a casa de su amo.
-¡Amo, amo! Por favor, necesito un caballo y algo de dinero para salir ahora mismo de la ciudad... Si salgo ya mismo quizás llegue a Tamur antes del anochecer... ¡Por favor, amo, por favor!
El señor le preguntó sobre el motivo de tan urgente petición y el criado le contó a trompicones su encuentro con la muerte.
El dueño de la casa pensó un instante y, acercándole una bolsa de monedas, le dijo:
-Está bien. Sea. Vete. Llévate el caballo negro, que es el más veloz que tengo.
-Gracias, amo -dijo el sirviente. Y, tras besarle las manos, corrió al establo, montó el caballo y partió velozmente hacia la ciudad de Tamur.
Cuando el sirviente se hubo perdido de vista, el acaudalado hombre caminó hacia el mercado buscando a la muerte.
-¿Por qué has asustado a mi sirviente? -le preguntó en cuanto la vio.
-¿Asustarlo yo? -preguntó la muerte.
-Sí -dijo el hombre rico-. Él me ha dicho que hoy se ha cruzado contigo y lo has mirado amenazadoramente.
-Yo no lo he mirado amenazadoramente -dijo la muerte-.
Lo he mirado sorprendida. No esperaba verlo aquí esta tarde, porque se supone que debo recogerlo en Tamur esta noche."
Jorge Bucay
Quiero que me oigas sin juzgarme.
Quiero que opines sin aconsejarme.
Quiero que confíes en mí sin exigirme.
Quiero que me ayudes sin intentar decidir por mí.
Quiero que me cuides sin anularme.
Quiero que me mires sin proyectar tus cosas en mí.
Quiero que me abraces sin asfixiarme.
Quiero que me animes sin empujarme.
Quiero que me sostengas sin hacerte cargo de mí.
Quiero que me protejas sin mentiras.
Quiero que te acerques sin invadirme.
Quiero que conozcas las cosas mías que más te disgustan.
Quiero que las aceptes y no pretendas cambiarlas.
Quiero que sepas que hoy puedes contar conmigo sin condiciones.
Jorge Bucay
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Una vez, al filo de una lúgubre media noche, mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido, inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia, cabeceando, casi dormido, oyóse de súbito un leve golpe, como si suavemente tocaran, tocaran a la puerta de mi cuarto. "Es -dije musitando- un visitante tocando quedo a la puerta de mi cuarto. Eso es todo, y nada más." ¡Ahl aquel lúcido recuerdo de un gélido diciembre; espectros de brasas moribundas reflejadas en el suelo; angustia del deseo del nuevo día; en vano encareciendo a mis libros dieran tregua a mi dolor. Dolor por la pérdida de Leonora, la única, virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada. Aquí ya sin nombre, para siempre. Y el crujir triste, vago, escalofriante de la seda de las cortinas rojas llenábame de fantásticos terrores jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie, acallando el latido de mi corazón, vuelvo a repetir: "Es un visitante a la puerta de mi cuarto queriendo entrar. Algún visitante que a deshora a mi cuarto quiere entrar. Eso es todo, y nada más." Ahora, mi ánimo cobraba bríos, y ya sin titubeos: "Señor -dije- o señora, en verdad vuestro perdón imploro, mas el caso es que, adormilado cuando vinisteis a tocar quedamente, tan quedo vinisteis a llamar, a llamar a la puerta de mi cuarto, que apenas pude creer que os oía." Y entonces abrí de par en par la puerta: Oscuridad, y nada más. Escrutando hondo en aquella negrura permanecí largo rato, atónito, temeroso, dudando, soñando sueños que ningún mortal se haya atrevido jamás a soñar. Mas en el silencio insondable la quietud callaba, y la única palabra ahí proferida era el balbuceo de un nombre: "¿Leonora?" Lo pronuncié en un susurro, y el eco lo devolvió en un murmullo: "¡Leonora!" Apenas esto fue, y nada más. Vuelto a mi cuarto, mi alma toda, toda mi alma abrasándose dentro de mí, no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza. "Ciertamente -me dije-, ciertamente algo sucede en la reja de mi ventana. Dejad, pues, que vea lo que sucede allí, y así penetrar pueda en el misterio. Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio, y así penetrar pueda en el misterio." ¡Es el viento, y nada más! De un golpe abrí la puerta, y con suave batir de alas, entró un majestuoso cuervo de los santos días idos. Sin asomos de reverencia, ni un instante quedo; y con aires de gran señor o de gran dama fue a posarse en el busto de Palas, sobre el dintel de mi puerta. Posado, inmóvil, y nada más. Entonces, este pájaro de ébano cambió mis tristes fantasías en una sonrisa con el grave y severo decoro del aspecto de que se revestía. "Aun con tu cresta cercenada y mocha -le dije-. no serás un cobarde. hórrido cuervo vetusto y amenazador. Evadido de la ribera nocturna. ¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!" Y el Cuervo dijo: "Nunca más." Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado pudiera hablar tan claramente; aunque poco significaba su respuesta. Poco pertinente era. Pues no podemos sino concordar en que ningún ser humano ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro posado sobre el dintel de su puerta, pájaro o bestia, posado en el busto esculpido de Palas en el dintel de su puerta con semejante nombre: "Nunca más." Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto. las palabras pronunció, como vertiendo su alma sólo en esas palabras. Nada más dijo entonces; no movió ni una pluma. Y entonces yo me dije, apenas murmurando: "Otros amigos se han ido antes; mañana él también me dejará, como me abandonaron mis esperanzas." Y entonces dijo el pájaro: "Nunca más." Sobrecogido al romper el silencio tan idóneas palabras, "sin duda -pensé-, sin duda lo que dice es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido de un amo infortunado a quien desastre impío persiguió, acosó sin dar tregua hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido, hasta que las endechas de su esperanza llevaron sólo esa carga melancólica de "Nunca, nunca más." Mas el Cuervo arrancó todavía de mis tristes fantasías una sonrisa; acerqué un mullido asiento frente al pájaro, el busto y la puerta; y entonces, hundiéndome en el terciopelo, empecé a enlazar una fantasía con otra, pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño, lo que este torvo, desgarbado, hórrido, flaco y ominoso pájaro de antaño quería decir graznando: "Nunca más," En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra, frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos, quemaban hasta el fondo de mi pecho. Esto y más, sentado, adivinaba, con la cabeza reclinada en el aterciopelado forro del cojín acariciado por la luz de la lámpara; en el forro de terciopelo violeta acariciado por la luz de la lámpara ¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más! Entonces me pareció que el aire se tornaba más denso, perfumado por invisible incensario mecido por serafines cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado. "¡Miserable -dije-, tu Dios te ha concedido, por estos ángeles te ha otorgado una tregua, tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora! ¡Apura, oh, apura este dulce nepente y olvida a tu ausente Leonora!" Y el Cuervo dijo: "Nunca más." "¡Profeta! exclamé-, ¡cosa diabólica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio enviado por el Tentador, o arrojado por la tempestad a este refugio desolado e impávido, a esta desértica tierra encantada, a este hogar hechizado por el horror! Profeta, dime, en verdad te lo imploro, ¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad? ¡Dime, dime, te imploro!" Y el cuervo dijo: "Nunca más." "¡Profeta! exclamé-, ¡cosa diabólica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio! ¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas, ese Dios que adoramos tú y yo, dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén tendrá en sus brazos a una santa doncella llamada por los ángeles Leonora, tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen llamada por los ángeles Leonora!" Y el cuervo dijo: "Nunca más." "¡Sea esa palabra nuestra señal de partida pájaro o espíritu maligno! -le grité presuntuoso. ¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica. No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira que profirió tu espíritu! Deja mi soledad intacta. Abandona el busto del dintel de mi puerta. Aparta tu pico de mi corazón y tu figura del dintel de mi puerta. Y el Cuervo dijo: Nunca más." Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo. Aún sigue posado, aún sigue posado en el pálido busto de Palas. en el dintel de la puerta de mi cuarto. Y sus ojos tienen la apariencia de los de un demonio que está soñando. Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama tiende en el suelo su sombra. Y mi alma, del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo, no podrá liberarse. ¡Nunca más!
Edgar Allan Poe
(Boston, 1809 - Baltimore, 1849)
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...Lâ vęrdądęrâ locurâ quizás ηŎ sęâ otrâ quę lâ sąbiduríâ றismą quę, câηsądâ dę dęscubrir lâs vęrgüęηzâs dęl றuηdŎ, hą †oறâdo lą iη†ęligęηtę ręsŎlucióη dę volvęrsę locâ...
La luz de los candelabros iluminaba un inmenso salón en el interior del alcázar nebuloso. El baile de máscaras que allí se celebraba llamaba fervientemente a Favole, quien comenzó a recordar cada sonido, cada acorde de los clavicordios y cada una de las melodías que herían en sus violines los músicos de la corte fantasmagórica.
La música era ensordecedora y llenaba cada rincón del castillo. Las máscaras revoloteaban ocultando el rostro de los presentes, y cientos de parejas de bailarines danzaban un vals mortuorio flotando por doquier.
El espectáculo embelesó por completo al espectro recién llegado y sintió cómo la música inundaba su ser, la atronadora música del réquiem adormecía sus sentidos y pronto oyó las estruendosas carcajadas de todos los asistentes al baile ante el decaimiento de Favole.
Favole, Gélida luz
Victoria Francés

...-Sí, ella me esperaba- continuó Erik, que se puso a temblar como una hoja, pero a temblar con una verdadera emoción solemne-..., me esperaba muy erguida, viva, como una verdadera novia viviente, por su salvación eterna...Y cuando avancé, más tímido que un niño pequeño, no escapó...,no, no...,se quedó..., me esperó..., creo, incluso, daroga, que un poco..., oh, no mucho...,pero que un poco, como una novia viva..., que adelantó la frente un poco...Y...,y..., yo la...besé... ¡Yo..., yo...,yo!...¡Y ella no murió!...Permaneció de forma completamente natural a mi lado, después de besarla así..., en la frente...¡Ay, daroga, qué bueno es besar a alguien!...Tú no lo puedes saber..., pero yo..., yo...Mi madre, daroga, mi pobre miserable madre nunca quiso que yo la besara...Ella escapaba...arrojándome mi máscara..., ninguna otra mujer..., nunca..., nunca... ¡Ay, ay, ay!...Ante una felicidad como aquélla, lloré... Y caí llorando a sus pies..., y le besé los pies, sus piececitos, llorando... También tú lloras, daroga, y también ella lloraba..., el ángel lloró...
...-... ¡Oh, daroga, sentí correr sus lágrimas sobre mi frente por mí! ¡Por mí! Eran cálidas..., y dulces, sus lágrimas corrían por todas partes debajo de mi máscara, se mezclaban con mis propias lágrimas en mis ojos..., corrían hasta mi boca... ¡Ay, sus lágrimas por mí! Escucha, daroga, escucha lo que hice... Me quité la máscara para no perder una sola de sus lágrimas... ¡Y ella no huyó!... ¡Ni murió!... Siguió viva, llorando..., sobre mí..., conmigo... ¡Lloramos juntos!... ¡Señor del cielo, me habéis dado toda la felicidad del mundo!...
El Fantasma de la Ópera, fragmento
Gaston Leroux
Yo sé que hay fuegos fatuos que en la noche llevan al caminante a perecer: yo me siento arrastrado por tus ojos, pero adónde me arrastran no lo sé.
Fragmento de Rimas de G. A. Bécquer
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